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| La Tragedia del Puerto Botánico en Noviembre de 1952 - CIMEFOR |
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El Dr. César Manuel Sisa, ex Aspirante del CIMEFOR en 1952, escribió un libro de divulgación médica. El mismo contiene además, como forma de entretener al lector, memorias, vivencias y anécdotas, entre las cuales se destaca el relato de esa tragedia que a continuación lo trascribimos. Año 1952, una calurosa siesta a fines de noviembre de aquel año, viajamos en camiones del Ejército hasta Piquete Cué, de ahí cruzamos el río apiñados en una chata Corá al famoso Cuartel del CIMEFOR de Villa Hayes. La dotación estaba compuesta de más o menos 400 Aspirantes y alrededor de 30 Cabos, ya que se habían juntado dos periodos; no había Sargentos. El Director del CIMEFOR era el Cnel. Rogelio Benítez, secundado por el TCnel. Buenaventura Pappasei Roa y el Mayor Aníbal Sapriza Corrales, todos excelentes militares. Pertenecía yo a la 1ª Sección de la I Compañía a cargo del Tte. Tano González; cuantos compañeros, cuantos amigos estudiantes nos encontramos en Villa Hayes. Alexis Frutos Vaesken, Kiko Benítez, Rodney Elpidio Acevedo, Domingo Laino, Atilio R. Fernández, Lupe Ángulo, Toto Alló, El Gordo Carreras, Pocholo Gayol, Negro Taboada, Luís Cáffarena, Piti Corrales, Manuel Talavera, Cachito Rivarola Paoli, Coco Blaires, Nemesio Fiandro, Rubén Maneglia, Juan Max Boettner, Osvaldo Campercholi, Francisco Arce Bazán, Juan María Carrón, Cacique López Moreira, Miguel Ángel Bestard y 400 más formaban parte de la dotación de aspirantes y algunos cabos famosos como Ayala Maderna, Zaldívar, el dúo Sosa Ruiz, Pallarolas, Llanes, Feltes, Cardúz, Martínez y otros; la mayoría de los arriba citados son hoy destacados personajes, políticos, empresarios, etc. Hasta que llegó el día 14 de diciembre de 1952. A las 05:30 fuimos a la misa en formación perfecta, a una capilla que quedaba cerca del Cuartel. A las 07:00 estábamos de vuelta, era el día de visita. Todos esperábamos a nuestros familiares y la forma más fácil de llegar a Villa Hayes era por lancha. Más o menos a las 08:00 vimos a la distancia, desde los ventanales del Cuartel que daban al río Paraguay, acercarse una lanchita con media docena de personas a bordo. Atracó en la costa, pensamos que de un momento a otro llegarían otras lanchas con más gentes. Pero de pronto sonó la campana del Cuartel llamando a formación. ¡Formación! ¡Formación! era la voz de mando. ¿Qué pasará? ¿Para qué la formación a esa hora? Corrió la noticia...”una lancha con familiares de Cimeforistas chocó contra una piedra a la altura de Remanso Castillo y se hundió. Hay muchos ahogados... la lancha llevaba 70 pasajeros, hasta el momento habían desaparecido más de la mitad” (Remanso Castillo queda frente al Puerto Botánico, cerca del actual puente, que cuando eso no existía). Algunos pudieron salvarse. El Tte. Gamarra, presente en la tragedia, fue uno de los que llevó la noticia. Ya en la formación, el Comandante del Cuartel, el Mayor Sapriza Corrales, nos dio la noticia oficial, hizo una arenga militar dándonos ánimo, valor, coraje, fuerzas con que todo soldado debe afrontar la adversidad y agregó: “A los que voy llamando, van a pasar al frente y formaran aquí en el medio (la formación era en forma de U, la I Compañía, enfrente, la II Compañía y uniendo ambas, la Compañía de Cabos), serán evacuados a Asunción, inmediatamente”. Y comenzó la lista: Cabo Martínez, un paso al frente, Aspirantes: Fernando Kroff, Aseretto, Perera, Chihan, Bestard, Valiente, Escobar, Rodríguez, Lucifora, Serra y otros que en este momento no recuerdo. Yo no fui llamado. Pensé: mis familiares se salvaron todos o murieron todos, o no estaban en la lancha. Eran las 10:00 de la mañana, estaba por zarpar la lancha “Mita-Porá” que trasladaría a los muchachos a la Capital cuando escucho: ¡Aspirante César Sisa! corrió la voz. Aspirante César Sisa, presentarse en la Comandancia. Fui corriendo, me cuadré y el Tte. Roque Jacinto Gamarra me pasó una esquelita escrita en un papel sucio y rotoso, con la letra de mi hermana María Teresa Sisa. La esquelita decía: “Papá, Mamá y yo estamos bien. A Carlitos lo perdimos, está vestido con una camiseta verde, pantalón corto con tirantes y sandalias”. (Carlitos era nuestro hermano menor, tenía 7 años y yo le pasaba 10 años). El Comandante Sapriza me ordenó que me preparara para viajar a Asunción. La lancha estaba lista y me esperarían a mí, los demás estaban todos listos. Se le encargo al Cabo Cardúz para que me acompañara (todos los damnificados teníamos un cabo acompañante). ¡Qué terribles momentos aquellos! Vinimos a Asunción; al pasar frente al lugar del accidente, se nos salían los ojos tratando de ver a alguno de nuestros familiares flotando o prendidos de algún camalote... Recuerdo que Lucifora trataba de tirarse al río, estaba como enloquecido, entre varios lo sujetamos. (Su padre y su madre se habían ahogado). Llegamos pasados el mediodía a la Playa Montevideo. Un mundo de gente nos esperaba. En camiones del Ejército nos repartieron a nuestras casas. Un sol radiante pero una tristeza enorme invadía la ciudad, que estaba de luto. Llegué a casa de la calle 15 de Agosto entre 14 de Julio y Piribebuy en el barrio de La Encarnación. La cuadra estaba llena de autos. Le encontré a María Teresa llorando, mamá dopada, no conocía a nadie; papá grave, rodeado de médicos amigos como Gustavo González, Mario Luis De Finís, Alejandro Arce Queirolo, Cantalicio Franco Torres, Pedro De Felice. Acostado en su pieza, en penumbras, según decían, había sufrido un ataque al corazón. Me recomendaron que al verle conservara la calma. Entré, me reconoció, me agaché, le abracé y apenas susurrando me dijo: “Anda búscale a tu hermanito... lo tenía en mis brazos y alguien me arrancó la criatura de los brazos...” (No podía seguir hablando). Supimos después que mamá (que no sabía nadar) se había prendido de un pedazo de madera... “Lidia, agárrate de esta tabla... le habría gritado una señora amiga al tanto que le tiraba un tablón desprendido de la lancha. Y así fue arrastrada por la correntada hasta que un botero la rescató a unos 500 metros del accidente. María Teresa, nadando alcanzó la costa. Dicen que la lancha iba muy llena y el lanchero para evitar la corriente en contra del río, se había acercado demasiado a la costa y fue así como rozó con una enorme piedra filosa que no se veía, lo que produjo una gran abertura en el fondo de la lancha. Según refieren, en cosa de minutos la lancha zozobró en medio del pánico, gritos de socorro y gran confusión de los pasajeros que caían o eran tragados por las aguas. Ayudados por amigos, parientes, (mi primo el entonces Jefe de la Intendencia del Ejército, el General Viriato Sisa, fue uno de los que más colaboraron en la búsqueda), pescadores, con deslizadoras, avionetas a ras del agua y no recuerdo si había buzos de la Armada, más la lancha “gallinero” del Mbiguá al mando de los lancheros Castillo e Iriarte, se procedió a la búsqueda de los cadáveres. Algunos comenzaban a flotar. A otros se los encontró al día siguiente. Entre ellos a mi hermano juntamente con la señora Rosario Moreno De Krop más o menos en el mismo lugar del accidente, entre las piedras. Qué pasó con el Cuartel? A todos los que tuvimos familiares muertos en el accidente nos dieron la opción de seguir el CIMEFOR, aunque fuese en forma irregular, o de dejarlo. Con papá y mamá enfermos, y un hermanito ahogado, seguí un tiempo, irregularmente. Pero así no se podía continuar, y aunque en mi foja de servicios figuraría “inepto”, decidí dejar el Cuartel. Total, como recuerdo del Servicio Militar ya era suficiente: ¡Un hermanito muerto! La experiencia que había vivido en aquellos días casi me hizo cambiar de idea con respecto a mi inclinación por la carrera de medicina. Cuando me recibí de bachiller, papá (el Dr. Manuel Sisa) juntamente con tío César Acosta, ambos abogados, dos grandes señores de la época, me convencieron de que yo siempre, desde chico decía que quería ser doctor que cura. Recuerdo que papá me llevó a la casa del Dr. Antonio Bestard (qué gran señor) en la calle Alberdi casi Humaitá, profesor de Anatomía de la Facultad de Medicina. Después de una amena conversación y luego de mostrarnos su gabinete de estudio, le dijo a papá: “Manuel, vayan a la librería Rufinelli, queda en la calle 14 de Mayo casi Palma. Compren los 4 tomos de Testut Latarjet y un Diccionario Médico. Así hicimos, fuimos a la librería y salimos con 5 enormes libracos que aún los conservo. Los días transcurrían lentamente para nosotros, y así, centenares de anécdotas han quedado grabadas en el recuerdo. Nomina de las Victimas Mercedes Saguier de Aseretto Monolito en memoria de los desaparecidos en la tragedia del Puerto Botánico en Noviembre de 1952
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