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| Discurso pronunciado por el Coronel Ernest Petit |
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![]() Después de tres años académicos, la Escuela Superior de Guerra termina de formar un primer grupo de Oficiales que, por la extensión de sus conocimientos militares y generales, por la elevación de su espíritu y por su capacidad de trabajo, son aptos para tratar los problemas del tiempo de paz y del tiempo de guerra que se plantean a los Jefes que aseguran los altos mandos del Ejército. De esta manera, merecieron el diploma de Estudios Militares Superiores y de Estado Mayor que el Poder Ejecutivo, a proposición del General Comandante en Jefe, acaba de establecer. Además, para que un mismo documento legalice aptitudes reconocidas como idénticas por las altas autoridades militares, el Comandante en Jefe decidió entregar este diploma nacional a los Oficiales que obtuvieron un diploma equivalente en el extranjero, así como aquellos que siguieron en el Paraguay cursos inconclusos y fueron juzgados dignos de recibirlos, teniendo en cuenta la calidad de sus trabajos en los Estados Mayores, particularmente durante la guerra. Es para mí un motivo de gran honor y magna satisfacción participar en esta entrega de diplomas. Un motivo de gran honor porque con su presencia en esta ceremonia, el General Estigarribia, Presidente de la República, gran soldado y gran Jefe, marcó la importancia y el carácter de solemnidad que él deseaba darle. Motivo de satisfacción por que a continuación del esfuerzo común que hemos proporcionado todos en la Escuela Superior de Guerra, profesores y alumnos, tengo la certeza de que éstos, con sus conocimientos profesionales, su espíritu de abnegación total para con el Ejército y el País, su ardor al trabajo y su voluntad firme de servir bien, constituyen desde ahora un núcleo seguro con el cual el Comando puede contar enteramente para llevar a buen fin la tarea de renovación del Ejército. Con los altos Jefes que demostraron su valor en el campo de batalla, en las labores del tiempo de paz, los Jefes que van a recibir el mismo diploma deben desde ahora en adelante formar parte de la élite del Ejército y por consiguiente de la élite de la Nación. Pero, esta palabra, élite, que yo quiero emplear a sabiendas, deseo precisarla igualmente, pues, si bien ella permite apreciar los valores no constituye de ninguna manera un título de estúpida vanidad para los que son verdaderamente dignos de llevarlos; no crea sino obligaciones. Por otra parte, la palabra élite es empleada bajo distintas formas: se dice, por ejemplo, un obrero de élite; esto significa que este obrero es un maestro en su trabajo particular. Cuando se dice sencillamente de una persona "este es un hombre de élite", la idea que surge inmediatamente en el espíritu es la de una superioridad moral e intelectual, pues se trata efectivamente, en este caso, solamente del valor humano, sin tener en cuenta las aptitudes profesionales. En fin, cuando se dice de uno de nosotros que es un Oficial de élite, la idea despertada es, primero la de una cierta superioridad en el valor profesional, pero se agrega también la concepción de una superioridad intelectual y moral; es que en nuestra profesión, a base de jerarquía, en la que cada uno de nosotros es un Jefe y manda a otros hombres, nuestra autoridad está formada no solamente de superioridad profesional, sino además, de superioridad intelectual y de superioridad moral. De este examen breve y rápido, podemos sacar una primera consecuencia: Todo hombre que pertenece a una élite (no digo todavía que pertenezca a la élite de una Nación) debe ser ante todo un ejemplo, un modelo a seguir. Pero, se plantea inmediatamente este dilema: ¿Basta con que, un hombre que reúna las cualidades suficientes sea un ejemplo para los demás hombres de su medio? ¿No tiene algo más que hacer? ¿No debe él ya que tiene la capacidad, esforzarse en elevar a los demás hombres de su medio hasta su nivel o por lo menos dirigirlos por una buena vía, utilizando lo mejor posible sus cualidades y mejorándolas? Plantear ese dilema es resolverlo. Un hombre consciente de su valor y de sus posibilidades, que se halle o no clasificado oficialmente en una categoría superior, debe no solamente pensar en sí, en su propio perfeccionamiento profesional, intelectual y moral, sino que tiene el deber humano, imperioso y absoluto de hacer progresar a los hombres sobre los cuales puede presionar. Debe ser a la par un ejemplo y un guía. Esta es la condición esencial del progreso del valor humano, es decir de la civilización. Si llevamos este problema a una esfera aún más elevada que nuestro medio militar, en el escalón de los hombres que tienen oficialmente o no la responsabilidad de los destinos de una Nación, es decir, en el escalón de los que deben constituir la élite de la Nación, el problema es aún más imperioso; en esa esfera, las consecuencias son infinitamente más graves; son eminentemente felices o al contrario desastrosas, según la orientación de la acción ejercida sobre el conjunto del país. Ahora bien (y es igualmente un tema que no he de desarrollar, pero que todos Vds. lo conocen muy bien) nuestra acción en el Ejército sobrepasa el marco mismo del Ejército; tiene una re-percusión profunda sobre todas las demás actividades nacionales; mencionaré únicamente, como ejemplos: la repercusión del Presupuesto del Ejército sobre el Presupuesto Nacional; la repercusión de nuestra acción educadora sobre los hombres que nos son confiados; la repercusión del ejemplo de nuestra lealtad y de nuestra abnegación para con el Gobierno legal del país, condición de paz y por consiguiente de progreso y de desarrollo de las instituciones sociales. Por tanto, es, preciso que todos los altos Jefes del Ejército y sus colaboradores, los miembros de los Estados Mayores, que cargan con la responsabilidad del Ejército, sean perfectamente consientes de su papel en la Nación. Es necesario que pertenezcan no solamente a la élite del Ejército, sino además a la élite de la Nación. Estas condiciones pueden en último análisis, reducirse a tres condiciones esenciales. I. Primeramente, todo hombre puede tener una acción profunda solamente en una profesión o en una situación en la que posee competencias muy elevadas. Es lo que yo llamaría la autoridad profesional. Cada uno de nosotros, en la vida que eligió, debe, por tanto esforzarse en adquirir por el esmero en el trabajo, por la reflexión y por la inteligencia mantenidas siempre alertas el perfeccionamiento y el dominio de su tarea. Adquirirá de esta manera la autoridad profesional que, deseo subrayarlo, no se adquiere jamás en el plano superior en el que nos colocamos, sino, con un esfuerzo intelectual continuo. II. Por otra parte, es la élite de una Nación la que moldea el espíritu y la mentalidad del pueblo; este espíritu y esta mentalidad están en la base de los destinos de un país, deben ser tenidos en la mayor consideración para la solución de los problemas internos e internacionales. Esta es la razón por la cual es necesario que, en todo el país, los hombres más calificados, los que forman la élite, se preocupen por: a. moldear el espíritu de sus conciudadanos, en la vía del progreso y de la civilización, teniendo en cuenta todos los factores humanos, las cualidades y los defectos de la raza y sus aspiraciones que resaltan siempre con la mayor evidencia en la historia del país. b. conocer tan perfectamente como sea posible el espíritu y la mentalidad de los pueblos vecinos y de los con los cuales pueden surgir conflictos de orden político o económico. Estos conocimientos se adquieren solamente por medio del estudio inicial de la historia de los pueblos, continuado por el estudio llevado a cabo, sin detención, de la evolución actual de estos pueblos. Es solamente con estos conocimientos, tan profundizados como sea posible: • del espíritu, de la mentalidad y de las aspiraciones de sus conciudadanos; Que la élite de un país puede dirigir con conocimiento a dicho país hacia su más alto destino. III. En fin, todo hombre digno de pertenecer a la élite debe poseer una autoridad moral cuyo rasgo principal es el carácter. El carácter no es lo que se confunde generalmente con la obstinación. El hombre de carácter es un hombre consciente de sus posibilidades de toda índole, constantemente dueño de su pensamiento y por consiguiente, siempre apto para ver los fines que su deber le ordena alcanzar, siempre apto, igualmente, para elegir los actos que conviene realizar y que realiza luego para alcanzar esos fines. El hombre de carácter es ante todo un hombre de acción, quien, con toda su inteligencia, toda su conciencia, toda su voluntad y todas sus fuerzas se dirige inquebrantablemente y hasta el fin hacia el objeto que se fijó, porque este objeto es el que considere mejor y por consiguiente el único que convenga alcanzar. El hombre de carácter dice sí, cuando piensa sí y dice no, cuando piensa no. Sólo el hombre de carácter es un realizador. Agregaré también que el carácter se halla en la base del valor moral del hombre de élite. El hombre de carácter tiene el espíritu claro, es desapasionado y desinteresado, porque sabe que las pasiones y el egoísmo no satisfarán su sentimiento de alto valor humano. Sin dejar de buscar su perfeccionamiento moral, se dedica: • a las colectividades humanas naturales: la familia, la Patria. Es al reunir las condiciones esenciales que acabo de mencionar que la élite de una Nación gozará de una autoridad indiscutible, es entonces, consiente del espíritu y de las aspiraciones del país, de la importancia de los diversos problemas que se plantean y de los mejores medios para resolverlos. Animada por una voluntad inquebrantable, lleva hasta su fin las realizaciones necesarias. En pocas palabras, la élite con su moral elevada, sus ideas precisas y su firme voluntad es la que puede conducir con seguridad al país hacia sus mejores destinos. Una vez reunidas les condiciones citadas anteriormente, la acción de la élite sobre la población debe tratar de elevarla hacia ella, para darle el máximo de valor humano y social dentro del marco de la familia y de la Patria; debe además dirigir las aspiraciones nacionales y satisfacerlas. 1) Para este fin, ante todo, cualquier hombre debe recibir por medio de la enseñanza una profesión y una sola, pues se tiende hacia la perfección, en una profesión, solamente por medio de la asiduidad y la aplicación en el trabajo. El hombre que posee el dominio de su profesión, tiene confianza en sí mismo, aumenta su valor humano. Por otra parte, su perfecto conocimiento de su profesión, a la que se dedica exclusivamente, le da el amor a su profesión y al trabajo bien hecho, le permite conseguir el rendimiento máximo en provecho de la producción económica del país cuando se trata de los productores y en provecho directo de las finanzas del Estado cuando se trata de empleados del Estado. En vista de este resultado, es preciso que el Estado disponga de técnicos, especialistas o profesionales perfectamente preparados, aptos para dirigir la enseñanza a dar en los diversos cuerpos de profesión. 2) Es igualmente la enseñanza dada en la Escuela y luego en el Cuartel que debe dar al hombre una noción precisa sobre: a) las cualidades de su raza; y a) Si el hombre conoce bien los hechos de sus antepasados, tanto en la paz como en la guerra, verá en su historia que estos poseían las mismas cualidades que las que él posee; se dará cuenta que es apto para hacer tan bien como ellos y tal vez mejor, si conoce bien sus propias cualidades, y si conoce igualmente los fines que su élite le propone alcanzar mediante la utilización de estas mismas cualidades. b) Es necesario que esté igualmente al corriente de las necesidades y posibilidades de su país, de las tendencias de los países extranjeros, de esta manera podrá formarse una opinión clara, orientada dentro del sentimiento de los interesados nacionales; se le evitará de ser la víctima de las propagandas internas o externas cuyo único fin son intereses particulares o extranjeros. Por medio de esta acción se habrá conseguido un aumento del valor propio del hombre al mismo tiempo que el aumento de su valor cívico. 3) En fin, siempre en la Escuela y en el Cuartel es preciso esforzarse en aumentar el valor del hombre, a desarrollar particularmente las cualidades de carácter que señale anteriormente. Entonces, con hombres dotados de una moral elevada y que tengan una opinión clara de sus posibilidades personales y de las posibilidades del país y decididos a explotarlas al máximo, la élites tendrá una tarea fácil para dirigir al país hacia los finesa que ella se propone alcanzar hacia un provenir mejor. Si el conjunto de la población es atrasado, si está dividido, si carece de homogeneidad, si no tiene una idea común, la influencia de la élite se hará sentir con mucha dificultad y muy lentamente porque nos será comprendida del todo o porque será comprendida solamente por unos pocos. Desde este punto de vista el Paraguay ocupa en América del Sur un lugar privilegiado. La raza es homogénea y de una cualidad superior; el paraguayo es inteligente y patriota, sus aspiraciones nacionales son sencillas y claras. Todas aquellas magníficas cualidades de las que dio prueba durante la guerra pueden ser explotadas para hacer del Paraguay un pueblo animado por un espíritu particularmente elevado, unido y consciente de su propio valor, listo para adelantarse en la vía del progreso, de la potencia, de la grandeza. Bastará con que su élite sea compacta y unida entorno al Jefe de Gobierno, para dar al pueblo el ejemplo y dirigirlo por buen camino. Entonces, unido en el amor a la Patria, en el respeto y la confianza de su élite, consciente de los felices resultados que da el esfuerzo dirigido, orgullo de su nacionalidad y de su valor, el paraguayo, seguro de sí mismo, llevará su país hacia sus mejores destinos. Y tenemos que agregar que dado que su población aumenta rápidamente, si la obra constructora de la élite puede ser llevada a buen fin, su importancia material y espiritual aumentará aun más rápidamente con el tiempo. Pero, en cambio, no se tiene que olvidar que en todo país donde no existe élite, ésta es reemplazada por los hombres más activos y dinámicos, aun si no son los mejores. El peligro es evidente. Estos hombres hallan siempre partidarios, facilitándoles algunas ventajas materiales, y procurando al conjunto del país que siempre tiene buena fe, un falso ideal que no es sino al provecho de intereses particulares. Este es el mal camino, no conduce a nada sino a discusiones estériles, al estancamiento del país y a las codicias extranjeras. Les corresponde a Vds. que llenen las condiciones para formar parte de esta élite, conocer sus obligaciones, sus deberes y cumplirlos. Y, si el diploma que les será entregado los clasifica oficialmente dentro de la élite, Vds. deben quedar convencidos que no adquieren derecho alguno; pero este diploma les da responsabilidades, las responsabilidades que corresponden a los deberes que incumben a toda élite, a sus posibilidades elevadas que terminé de mencionarles rápidamente. Dado que Vds. son soldados, es decir disciplinados, el bloque unido que Vds. formarán de esta manera, con esa misma elevación del espíritu, será en el país un ejemplo poderoso que no dejará de ser imitado. Luego, Vds. desempeñarán sus tareas, las que les incumben en la noble profesión que Vds. han elegido; Vds. la desempeñarán fijándose en los fines a alcanzar y fijándolos igualmente a sus subordinados por medio de planes o programas bien estudiados para que la organización, la instrucción y la disciplina del Ejército sean tan perfectos como sea posible y, en fin, para que su Ejército sea tan poderoso como pueda serlo, esto exige conocimientos profundizados y por consiguiente mucho trabajo y un esfuerzo continuo; esto exige igualmente mucho carácter, ese carácter que vence finalmente todos los obstáculos, el carácter, rasgo dominante de toda élite y que debe ser igualmente el rasgo dominante de todo oficial y particularmente de los que tienen este diploma de Estudios Militares Superiores y de Estado Mayor. En fin, Vds. no olvidarán, si son dignos de formar parte de la élite, que deben moldear el espíritu, la mentalidad de los hombres que el país les confía. Con su ejemplo, con la aplicación de una disciplina estricta pero que respete la dignidad humana, con la educación cívica y social que Vds. pueden y por consiguiente deben dar a esos hombres, Vds. contribuirán fuertemente a modelar hacia su más hermosa expresión, el corazón y la inteligencia del paraguayo que no espera, que no desea, sino ser conducido para que sean puestas en valor todas las brillantes cualidades de la raza. Uds. saben que su tarea es grande y hermosa. Sin duda alguna Uds. hallarán en el trabajo diario muchos detalles que podrán parecerles mezquinos o de un interés insignificante; mírenlos dentro del conjunto, Vds. verán que jamás son menospreciables porque, finalmente, una gran obra está hecha por mil detalles y que por otra parte, toda gran obra forma parte de la grandeza de la Patria. Uds. hallarán obstáculos; Uds. los vencerán con tenacidad, seguros del espíritu que les anima, seguros del éxito final. La Patria Paraguaya es hermosa; ella lo ha demostrado. Sus hombres tienen las cualidades esenciales que hacen las grandes naciones; ellos lo demostraron igualmente. Con ellos la Nación puede alcanzar los más grandes destinos. A Uds. les corresponde unirse a la élite de la cual Uds. forman, a partir de ahora, la base más segura para dar a sus hombres el ejemplo, para formarlos y dirigirlos en la realización de estos destinos. La tarea que les incumbe es hermosa y grande. Exige todo el trabajo, todo el esfuerzo del que Uds. son capaces, un desinterés total y una abnegación integral. Este es el deber que deben cumplir. Uds. lo cumplirán totalmente con toda sencillez porque es un deber que tienen para con su hermosa Patria.
Fuente: Archivo del Gral. Yegros |