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| Bautismo de Fuego de la Escuela Militar |
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![]() A los inolvidables cadetes de 1932, que siendo aún tan jóvenes para la guerra, no vacilaron en alistarse como voluntarios para aquella cruenta cruzada de dolor, muerte y gloria y supieron reeditar para honra de la Patria y de la más querida de nuestras instituciones castrenses, las hazañas épicas de los legendarios niños de Acosta Ñu. Se ha cumplido un aniversario más del bautismo de fuego y sangre del Colegio Militar "Mcal. Francisco Solano López" hoy Academia Militar, cuyos jóvenes y gallardos cadetes, confundidos como comandantes de secciones y de grupos de combates artilleros, telefonistas, estafetas y ametralladoristas, en las filas del muy glorioso RI 6 “Boquerón”, se lanzaron un luminoso día 17 de septiembre de 1932 con denuedo singular y entusiasmo admirable, al asalto de las temibles y reciamente defendidas posiciones bolivianas del fortín Boquerón, que era en aquel entonces uno de los más avanzados baluartes de nuestra soberanía y que había sido tan inmerecida como injustamente ultrajada por el invasor de nuestra Patria. Soberbio espectáculo el que ofrecían aquellos adolescentes al entrar por primera vez bajo el fuego y sentir en sus carnes las horribles laceraciones producidas por los proyectiles bolivianos. Con el andar altivo, la mirada enérgica y dando órdenes precisas, conducían hacia adelante a los temibles y hasta poco tiempo antes indisciplinados reservistas, quienes ante el peligro real del campo de batalla, ya no atinaban —como buenos soldados que eran en el fondo— sino a buscar afanosos y con miradas anhelantes a sus cadetes y a estar pendientes de sus menores indicaciones y gestos de mando. Quienes tuvieron el insigne honor de comandarlos en las trágicas y sangrientas jornadas de Boquerón, Km. 7 de Saavedra, Nanawa, etc., hemos de recordar siempre el altísimo espíritu de abnegación y sacrificio, el sentimiento del honor y de la dignidad, el compañerismo y profundo espíritu humanitario, la decisión y el coraje de que hicieron gala aquellos cadetes de 1932 que soportaron sobre sus espaldas adolescentes un pesado fardo de responsabilidades. Aquellos simpáticos y valerosos muchachos conocían aún muy poco de la guerra, de sus horrores, de sus sorpresas traidoras, de la presencia de la muerte sobre cada pulgada de terreno que había que disputarle a los bolivianos oculto en la maraña del bosque y al abrigo de fortificaciones muy bien trabajadas. Habían abandonado a sus padres, sus hermanos y sus novias a los sones de cánticos guerreros y cantando llegaron hasta las inmediaciones del histórico fortín al caer la noche del 16 de setiembre, tras efectuar una penosísima marcha desde la estación del Km. 145 del ferrocarril Casado, por caminos destrozados y polvorientos. El 17 de setiembre por la mañana, habiendo descansado apenas, sin tiempo para reconocer el terreno, ni tomar los enlaces reglamentarios, quizá con la muerte en el alma, pensando en lo que podría acontecer instantes más tarde, pero sí con la sonrisa en los labios, sin que nada en los semblantes denotase la menor inquietud, los bravos cadetes de 1932 se lanzaron resueltamente al ataque, bajo una lluvia de acero imposible de neutralizar, con la voluntad decidida y firme de desalojar a los bolivianos de sus posiciones, que se hallaban asentadas en un pedazo de tierra paraguaya. Angustia sobrecogedora la que experimenta el bisoño que escucha por primera vez el crepitar de los fusiles y el tableteo incesante de las ametralladoras y ve caer de continuo a su alrededor, muertos o heridos, a sus propios soldados, a sus camaradas y amigos más queridos. Y es preciso transportar este cuadro a la maraña agresiva, deprimente, que rodeaba a Boquerón. Así, aquellos cadetes, que si sentían algún temor no era otro que el de no poder cumplir la misión recibida, de no poder alcanzar los objetivos que les habían sido asignados, porque la progresión debía realizarse a través de bosques enmarañados y espinosos, sin posibilidad de obtener la superioridad de fuego, condición indispensable para poder avanzar. Pero la muerte, que no se detiene ante nada ni nadie, eligió como primera víctima al cadete más querido, que comandaba la primera sección de la 3ra. Compañía de fusileros. Querido por todos, por la simpatía que fluía de su persona, por su educación exquisita, sus finos modales y su inteligencia, cualidades que le reservaban en la carrera que había abrazado el porvenir más venturoso, este cadete era, Oscar Otazú, de 17 años recién cumplidos, alumno de los más destacados del último curso. No serían aún las 9 horas cuando el doloroso parte llega, de viva voz, de la herida mortal que acababa de recibir el cadete Otazú al salir éste, con la imprudencia y temeridad muy propias de la juventud, en el campo de tiro de una ametralladora que nos batía de flanco. Caído en un lugar intensamente batido y para más, en terreno descubierto, cuantos intentaron auxiliarlo fueron, segados implacablemente por el fuego boliviano y hubiera muerto allí de no mediar la abnegación, el hondo sentimiento de amistad y el coraje extraordinario del cadete Herminio Mendoza, caído heroicamente en Boyuibé, en Abril de 1935, con el grado de Tte. 1º quien con evidente riesgo para su vida se lanzó sin vacilar a recoger en sus brazos al camarada moribundo, para depositarlo más atrás, al abrigo de las vistas de los bolivianos. Otazú, que conocía muy poco de la vida y nada de la muerte, supo morir con la entereza de los espartanos, animando a sus camaradas a proseguir la lucha y recomendando salutaciones de postrera despedida a superiores, amigos y familiares. Así, serenamente, bajo la precaria sombra de un "guaimí-piré", testigo mudo de la grandeza del sacrificio que venía de realizar por la Patria, se extinguió para siempre la vida del PRIMER CADETE PARAGUAYO MUERTO EN LA GUERRA DEL CHACO. El mismo día, por la tarde, en otra unidad, caía también fulminado por la fatalidad otro valeroso cadete del último curso, Pastor Pando, cuyos camaradas lo vieron batirse con coraje magnifico, pistola en mano, hasta caer vencido por el hierro boliviano. Sus restos jamás fueron encontrados. No serán, tal vez sus sagrados despojos los del soldado anónimo que hoy reposan en la cripta del Panteón Nacional y que simbolizan el valor, la grandeza moral y el heroísmo de una raza y de un pueblo que ha sabido hacer honor a su tradición de gloria. El 26 de Setiembre caía también acribillado de heridas sobre las alambradas bolivianas el cadete Carlos Sisa, un jovencito de no más de 15 años que había ingresado al curso preparatorio unos meses antes y que desde el primer día de la batalla se había distinguido por su serenidad y valentía. Sus ex-jefes y camaradas recordaban su noble fisonomía, su bondadosa sonrisa que jamás se apartaba de sus labios, la parquedad de su lenguaje y la corrección de sus modales adquiridos en un hogar de tradición y alcurnia. El día que había de morir, acosado ya por la muerte desde todas las direcciones, en un tramo de trinchera conquistado esa mañana al N. O. del fortín, escribió con letra clara y pulso firme este último parte que la historia felizmente ha recogido y que vale la pena transcribirlo, porque es un documento que ya pertenece a la posteridad. Dice así: "MI CAPITÁN VILLASBOA: ACABAMOS DE TOMAR TRINCHERA ENEMIGA HAY FUERTE CONTRAATAQUE ¡VIVA EL PARAGUAY! ¡HASTA VENCER O MORIR! CADETE SISA". Mas tarde fueron cayendo abatidos por el fuego boliviano o minados por las enfermedades adquiridas en sus puestos de combate, otros varios jóvenes cadetes que se habían distinguido en las acciones de guerra en que participaron: Sócrates Campos, Fulgencio Peña, Néstor Alvarenga, Elías Martínez, Raúl Ortiz Molinas, Estanislao Romero, José Velázquez. Todos ellos con singular estoicismo, silenciosamente, grandes en el más grande de los sacrificios, orgullosos de haber cumplido su deber y de poder ofrendar sus vidas a la Patria. Con emoción profunda evoco algunos pasajes de la guerra del Chaco para presentar a nuestra juventud, que no se esfuerza por disimular su apatía e indiferencia para con la memoria de los héroes inmolados en la gran hoguera de la guerra de 1932-1935, algunos conmovedores ejemplos, tan vividos, tan reales, cuyos protagonistas fueron millares de jóvenes como ellos y a cuya conducta sin mácula, patriotismo ardoroso y heroísmo extraordinario, debe el Paraguay su integridad física, su gloria imperecedera y su prestigio como Nación.
Fuente: Gral. Brig. Augusto Guggiari (+) |